lunes, 6 de agosto de 2012

Las tres fuentes del derecho (Parte V): Los que traicionaron al iusnaturalismo.


En la entrada anterior mencionamos algunos derechos iusnaturalistas, vale la pena volver a mencionarlos:
1. Derecho a la vida.
2. Derecho a la propiedad.
3. Derecho a la legítima defensa.
4. Libertad de acción.
5. Libertad de asociación.

Todos son derechos negativos, es decir, derechos que se pueden garantizar simplemente negandole a otras personas actuar contra ti (no debe confundirse el adjetivo negativo en sentido pesimista, sino estrictamente en el sentido lógico relativo a la negación). En contraste, los derechos positivos son aquellos que requieren la actuación de otras personas para poder garantizartelos, por ejemplo, el derecho a la salud requiere que un médico actúe en tu beneficio. Esto tiene una importancia fundamental: los cinco derechos que mencionamos al principio (junto con el resto de derechos negativos), siguen siendo garantizables (y más aún) si estuvieras en una isla desierta. En cambio, si sufres una lesión en una isla desierta, ¿quien te va a garantizar el derecho a la salud? Si estas muriendo de hambre, ¿quién te va a garantizar el derecho a un salario justo? Si estas muriendo de frío, ¿quién te va a garantizar el derecho a una vivienda digna? Pero incluso si tienes el derecho a la salud, resulta que sufriste una lesión, y tienes la suerte de que hay un médico disponible, ¿está obligado a curarte? ¿y si intentas obligarlo contra su voluntad no entraría esto en conflicto con la libertad de acción y asociación del médico?

En un sistema legislativo (sea cual sea), no deben existir leyes ni derechos que entren en contradicción unos con otros (por la sencilla razón de que no tiene valor una legislación que juzga a alguien inocente y culpable al mismo tiempo). Si el médico está obligado a curarte, entonces éste no tiene verdadera libertad de acción. Si alguien más tiene que garantizarte una vivienda, entonces quien te la garantizó no tiene verdadero derecho a la propiedad. Si alguien más debe morir para que tú vivas, entonces quien muere no tiene derecho a su vida. Si queremos imponer el derecho a la salud, a un salario justo y a una vivienda digna, entonces debemos sacrificar los derechos naturales. Pero sacrificar los derechos naturales es ir en contra de nuestra naturaleza humana, y esto quiere decir que estamos sacrificando la paz a favor de la violencia, la racionalidad a favor de la irracionalidad, y la producción a favor del saqueo. A los defensores de los derechos positivos les encanta hablar de la naturaleza social del ser humano para justificar la solidaridad impuesta y el robo institucionalizado, es decir, que usan el Derecho Natural solo en la parte que les conviene, pero no van más allá. No dicen que, además de la naturaleza social, habría que aceptar la naturaleza irracional del ser humano para justificar sus leyes. Pero eso no importa, porque al declarar implícitamente la naturaleza social, carroñera, violenta e irracional del ser humano, y legislar de acuerdo a ello, eso es precisamente lo que obtenemos: una sociedad que se pudre en el saqueo, la violencia y la arbitrariedad. ¿Tiene todo más sentido ahora?

Justificar a través del Derecho Natural el sistema y leyes que rigen en el mundo actualmente, requeriría una visión del hombre como un ser de naturaleza monstruosa, como un animal irracional, violento y ladrón. Y esta visión, desde luego, no le es útil ni a los estatistas, ni a los demócratas, ni a los socialistas para ganarse el apoyo de sus congéneres (por más que sea justamente esa su visión del ser humano). Si un estatista intentara justificar la prohibición de armas (mientras exalta el monopolio estatal de la violencia), los servicios gubernamentales (como educación, sanidad, energía, etc) y los impuestos mediante Derecho Natural, algo como esto tendría que decir:

- Que somos unos seres violentos, y que por lo tanto debemos estar desarmados y ser constantemente vigilados y controlados por las fuerzas del orden (con lo que justifica el desarme del ciudadano y el monopolio gubernamental de la violencia).
- Que somos unos seres irracionales, y por lo tanto no estamos en capacidad de manejar nuestro propio dinero, lo que hace necesaria una autoridad que lo maneje por nosotros de la manera más adecuada a nuestros intereses (con lo que justifica los servicios "públicos").
- Que somos unos seres carroñeros, y que es parte de nuestra naturaleza robar a nuestros congeneres, lo que justifica que el aparato estatal haga lo propio y, en nombre de nuestro propio bienestar, controle la manera como robamos nosotros (lo que justifica los impuestos).

Notemos que, al final, el gobierno no prohíbe robar, simplemente impone controles y protocolos al robo, de modo que quien ingresa al sector gubernamental (y al sector privado que tiene cables con el gobierno) puede disponer de la propiedad de otras personas por métodos violentos y de manera legítima. Viéndolo así, no es raro que los gobiernos (y sus aliados) hagan todo lo posible por minimizar al Derecho Natural, silenciarlo y hacerlo caer en el olvido. Precisamente porque el iusnaturalismo no les hubiera permitido justificar el poder animal que buscaban, tuvieron que encontrar otra plataforma jurídica que justificara sus actos. Y ahí es donde entró el positivismo jurídico.

Con el positivismo jurídico, la ley ya no era el medio, sino el objetivo. La ley de pronto se justificaba a sí misma, lo que le daba la via libre a todos los que pudieran ingresar al aparato legislativo, para hacer de ella un arma y usarla en su beneficio. Los defensores del positivismo jurídico no tienen empacho en aceptar que incluso el derecho más básico (el derecho a la vida), no es tal en tanto tu gobierno no se suscriba a los tratados internacionales de derechos humanos. Esto quiere decir, que si vives en Ruanda, pero Ruanda no se ha suscrito al tratado, entonces no tienes derecho a la vida, ni a la libertad, ni a nada, es decir, que eres una simple hormiga que el gobierno puede sacrificar en cualquier momento. Bajo el positivismo jurídico, tus derechos no son más que una dádiva que te da el gobierno, y a quien al parecer deberías estar muy agradecido por no aplastarte.

Tras la revolución francesa, cortadas las cabeza de los reyes, la élite tuvo que refugiarse en una de las últimas opciones: ceder algo de poder al individuo (democracia) para recuperarlo después (partidocracia). Hoy, no hay mucha diferencia entre un político y un noble de los que caminaban arreglados y perfumados por Versalles. Fueron los nuevos monarcas (gobernantes, alcaldes, presidentes, etc), quienes se dieron cuenta mucho antes (y mucho mejor) que nosotros, que esto no se trataba de una simple discusión filosófica sin alcances más allá de un aula mohosa, sino de toda la estructura de poder y corrupción que creció y se afianzó alrededor del Estado.

No sorprende entonces que los gobiernos de todo el mundo hayan combatido con rabia al iusnaturalismo. Lo que en cambio sí resulta sorprendente (al menos en un principio) es el apoyo por parte de la gente de a pie hacia el iuspositivismo. No es raro escuchar a la gente (sobre todo a aquellos de sectores denominados "progresistas") decir que tienes derecho a tu propiedad solo si el interés público no requiera esa propiedad para algún iluminado objetivo (de ahí a decir que tu vida es condicionada al interés público, solo hay un paso). Desde luego, se les olvida que quien va a fijar los criterios de qué cosas resultan de interés público, son justamente los gobiernos. Uno esperaría que el ciudadano común, aquél que no goza las ventajas de pertenecer a la élite gobernante, fuera un férreo defensor de la seguridad jurídica que brinda el iusnaturalismo, que estuviera consciente de que son precisamente los gobiernos los que van a intentar violentar el derecho de otras personas, y que por lo tanto no es precisamente una buena idea dar al gobierno el poder de la ley (poder que le es garantizado bajo el iuspositivismo).

Sin embargo, lo que en un principio resulta sorprendente, no lo es si consideramos la enorme maquinaria de propaganda, confusión, manipulación y adoctrinamiento que desplegaron los gobiernos para tales fines, junto con los incentivos adecuados para hacer a la gente abandonar su propia seguridad jurídica. Después de todo, no es difícil convencer a la persona X de que renuncie a su derecho a la propiedad, bajo la promesa de que el gobierno, a cambio, violentará la propiedad de la persona Y para dársela a X. Por supuesto, de lo que no se dio cuenta X, es de que el gobierno hace exactamente la misma propuesta a Y, de modo que a continuación el gobierno roba a X para dárselo a Y. Así que que si tanto X como Y tenían 100 gallinas cada uno, lo que sigue es que el gobierno le quita 60 gallinas a X y le da 45 a Y, y a continuación le quita 50 a Y y le da 40 a X, con lo que al final X se queda con 80 gallinas, Y con 95 y el gobierno con 25 gallinas.

Sonaría a que se requiere un nivel de imbecilidad extremo para no darse cuenta de tremendo fraude, pero no olvidemos que no son gallinas de lo que estamos hablando, sino de salarios, predial, impuestos progresivos, IVA, fondos para el retiro, educación y salud públicas, carreteras, concesiones, etc, etc, etc. Y todo metido y revuelto de una manera tan enredosa que al final nadie sabe exactamente cuánto le robaron y cuánto recibió, pero cada uno cree que ha logrado chupar de los demás un poco más de lo que los demás le han chupado (ese es al final el mayor incentivo para renunciar a los propios derechos: pensar que renunciando a ellos, podrán obtener más de lo que hubieran obtenido conservándolos). Pero si bien los seres humanos pueden violar la Ley Natural y engañar a sus hermanos, no pueden hacer lo mismo a la naturaleza. Precisamente por ser la naturaleza un juez incorruptible, esta terminará castigando a toda sociedad que decida alejarse de las leyes que ella misma impone. Sí, hemos sido juzgados, y castigados, y la pena por transgredir la Ley Natural es vivir en nuestra sociedad actual y estar a merced de las peores personas.

No hay nada más alejado del iusnaturalismo (y de la libertad que brinda) que el sistema actual, por más que los defensores de nuestro sistema podrido griten que aquí rige el capitalismo salvaje ultraliberal y que la libertad ha fracasado. Su lucha es una lucha absolutamente consciente por eliminar lo que nos queda de derechos, y en esta batalla, van ganando con nuestra silenciosa aprobación. Estamos regresando tan rápido a la era de los reyes, que cuando nos demos cuenta de las verdaderas intenciones detrás de todo el discurso político progresista, ya va a ser demasiado tarde para nosotros. Lo único que nos brinda esperanza es que seguimos siendo seres humanos, y debido a eso, el iusnaturalismo no puede morir. Solamente seguirá castigando al hombre, y esperará el día en que volvamos a estar listos para escucharlo.

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